Un arquitecto se despierta con los brazos atados a una cama de hospital psiquiátrico. Su familia lo internó engañado, y ahora los médicos le diagnostican trastorno bipolar severo.
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Un arquitecto se despierta con los brazos atados a una cama de hospital psiquiátrico. Su familia lo internó engañado, y ahora los médicos le diagnostican trastorno bipolar severo. A los treinta y cinco años, un hombre que se creía en su apogeo creativo descubre que lo consideran enfermo. Empieza aquí una pregunta que desafía todo: ¿está realmente loco, o es víctima de un error colosal?
Pablo Leguía abre los ojos a las siete de la mañana sin reconocer el techo agrietado que tiene encima. Al intentar moverse, descubre que sus brazos están firmemente atados a las barandillas de la cama con gruesas cintas de tela. Alrededor suyo, otras camas de hospital. Las paredes de un verde pálido que no le dicen nada. Cuando logra reconstruir los eventos de la noche anterior, la confusión se convierte en pánico: su familia lo engañó, lo sedaron, lo trajeron a un hospital psiquiátrico.
Arquitecto especializado en urbanismo, Pablo tiene treinta y cinco años y creía estar en su momento de máximo esplendor. Llevaba semanas en un estado de energía y creatividad sin límites. Había concebido una urbanización en Paracas con sus propias reglas de convivencia. Inventaba constantemente: dispositivos tecnológicos revolucionarios, ciudades amuralladas, sistemas de energía renovable. Las ideas surgían sin parar, incluso durante las noches en que dormía apenas unas pocas horas. Se sentía poseso por una inspiración benevolente, como si finalmente hubiese despertado al genio que llevaba dentro.
Pero su familia veía algo completamente distinto. Lo vieron conducir borracho, tomar decisiones cada vez más erráticas, abandonar su trabajo, perder a su mujer. Lo vieron irritable y desenfocado, incapaz de completar una conversación sin saltar a nuevas ideas. Decidieron actuar sin consultarle. Lo engañaron hablando de una vacuna urgente, lo sedaron cuando intentó huir, y lo entregaron a un psiquiatra de nombre Roberto Jiménez.
El diagnóstico cae como una losa: trastorno bipolar, fase maníaca severa. Dos semanas de internamiento obligatorio. Medicamentos antipsicóticos de última generación. Un régimen diario de pastillas, horarios inflexibles, un jardín cercado con malla de seguridad. Compañeros de cuarto que son alcohólicos y drogadictos. Celadores uniformados que lo vigilan. La transformación de su libertad en prisión ocurre en cuestión de horas.
Aquí comienza la verdadera batalla: la que se libra entre la certeza interna de estar lúcido, lleno de ideas valiosas y una creatividad auténtica, y la certeza externa de que todos —su familia, los médicos, los celadores— saben algo que él no puede ver. ¿Estoy loco? ¿O todos ellos se equivocan? La novela explora ese abismo insondable donde la cordura y la enfermedad mental dejan de ser categorías claras para convertirse en una pregunta que tal vez no tiene respuesta.
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