Cuando Confucio acudió a Lao-tze sobre los ritos, el maestro respondió: los sabios han muerto, solo su palabra permanece. Giuseppe Tucci devela la esencia del taoísmo filosófico, distinguiéndolo de supersticiones y magia.
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Cuando Confucio acudió a Lao-tze sobre los ritos, el maestro respondió: los sabios han muerto, solo su palabra permanece. Giuseppe Tucci devela la esencia del taoísmo filosófico, distinguiéndolo de supersticiones y magia. Es filosofía que invierte la lógica confuciana: frente a ritos y tradición, el taoísmo reclama introspección, libertad y perfeccionamiento personal. A través de Lao-tze y Chuang-tze, Tucci muestra que estas enseñanzas exigen fusión espiritual. Una apología que desafía prejuicios occidentales y revela un pensamiento donde la verdadera victoria es sobre uno mismo.
Giuseppe Tucci abre esta apología con el encuentro entre Lao-tze y Confucio: cuando el segundo llegó a los Chou preguntando sobre los ritos, el maestro respondió que los sabios de los que hablaba ya estaban muertos, dejando solo sus palabras. En esa breve respuesta germinan dos caminos del espíritu irreconciliables. Tucci se propone separar el taoísmo auténtico de sus deformaciones populares. La mayoría confunde el sistema filosófico original con supersticiones, magia y rituales que absorben la vida religiosa china, tal como confundiríamos el budismo puro con el lamaísmo. El verdadero taoísmo no es escapismo metafísico, sino propuesta ética radicalmente práctica. El autor recorre la historia de los maestros: Lao-tze, contemporáneo de Confucio en el siglo VI a.C., bibliotecario que se retiró a escribir el Tao-te-king. Chuang-tze, tres siglos después, apóstol más profundo de la fe taoísta, cuya escritura alcanza alturas de originalidad y penetración que la especulación china nunca antes había tocado. Ambos prefirieron la obscuridad, rechazando el poder público. Crucial es comprender cómo leer estas obras: no basta la filología ni la especulación occidental que proyecta su experiencia sobre textos que requieren fusión espiritual genuina. El Tao-te-king exige superar la forma para intuir su contenido real, con afinidad espiritual con el pensamiento chino, dominio de su lengua y familiaridad con cómo estas ideas transformaron la literatura, el arte y el alma china. Tucci opone el taoísmo al confucianismo como visiones antagonistas. El confucianismo, sistemático y práctico, venera el pasado, codifica tradiciones, impone obediencia filial y ceremoniales complejos que sofocan toda aspiración que trascienda lo cotidiano. Es ordenado y virtuoso políticamente, pero estrecho: rechaza la libre indagación y frena el progreso. El taoísmo, por el contrario, considera superficiales esos preceptos externos. Mira hacia adentro: la verdadera victoria es la victoria sobre uno mismo, no predicar a otros sino pensar en el propio perfeccionamiento mediante meditación y ascetismo. Proclama el valor de la individualidad contra la coerción de la tradición. Tucci anticipa objeciones: que estos pensamientos son incompatibles con la vida práctica o que renunciar al mundo es egoísmo. Responde que en todo ideal hay máximos y mínimos; la admiración constante y el esfuerzo por mantener una regla de conducta mejoran al individuo. La negación de la vida práctica es exageración retórica para desviar de lo material: el mismo Lao-tze fue empleado en archivos de príncipes. Lo que emerge es pensamiento de valor intrínseco, digno de quien aprecie los generosos vuelos hacia perfección y bien. En el antagonismo entre ambas escuelas se refleja una disensión contemporánea: nosotros también tenemos esquemas de tradición y miedo al qué dirán. La batalla entre Confucio y Lao-tze sigue librándose en nuestro tiempo.
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