Es domingo por la mañana cuando Ed Morgan descubre otro cadáver de astronauta en su césped. Ya van siete. Su esposa sugiere llamar al consejo municipal, pero él tendrá que ingeniárselas para deshacerse del invasor intergaláctico nuevamente.
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Es domingo por la mañana cuando Ed Morgan descubre otro cadáver de astronauta en su césped. Ya van siete. Su esposa sugiere llamar al consejo municipal, pero él tendrá que ingeniárselas para deshacerse del invasor intergaláctico nuevamente. Lo que comienza como una premisa absurda evoluciona hacia una reflexión íntima sobre matrimonios marchitos, sueños perdidos y esa sensación de estar atrapado en la mediocridad de la vida suburbana.
Es domingo por la mañana cuando Ed Morgan descubre otro cadáver de astronauta en su césped. Ya van siete. Su esposa Mary le comunica el hallazgo con la naturalidad de quien reporta un problema doméstico menor. Ed, resignado, acepta deshacerse del intruso intergaláctico nuevamente.
Lo que podría ser una simple premisa de ciencia ficción se convierte en un retrato descarnado de la vida matrimonial suburbana. El vecino metido que lo acusa de bajar el nivel del barrio, el inspector municipal que lo amenaza con multas por clasificar incorrectamente la basura, las gemelas Poulson que quieren jugar con el cadáver: todo es apenas ruido blanco.
Mary, al contemplar el visor del casco, se ve reflejada. Reconoce en ese reflejo a la joven que fue: la que llegaba a las estrellas en la moto de Ed, la que fumaba bajo cielos estrellados, la que juraba no convertirse en sus propios padres. Aquí está, cercana a los cincuenta, convertida en lo que ella misma llama «una oruga que se transformó en mariposa incolora». ¿Qué pasó con los sueños? ¿Con la promesa de volar a la luna?
Ed compra equipos de vigilancia: cámaras, micrófonos, detectores. Algo en él se quiebra al cargar el cadáver en el Volvo. Mary, que extraña su calor en la cama, se levanta a la una de la madrugada con sándwiches y café para acompañarlo, recuperando por un breve momento esa complicidad que pensaba perdida.
Whittaker ganó el Premio al Mejor Relato de la British Fantasy Society con esta historia. Porque ‘Astronautas Muertos’ no habla de alienígenas: habla de cómo la vida ordinaria aplasta los sueños extraordinarios, y de cómo los matrimonios pueden convertirse en extraños compartiendo la misma casa.
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