Diego de Montemayor, capitán herido, recibe en Saltillo guerreros indígenas que lo convocan a un viaje épico. Con su familia, doce compañeros españoles, veinte caciques y sus pueblos, forma una caravana que atravesará montañas y barrancos…
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Diego de Montemayor, capitán herido, recibe en Saltillo guerreros indígenas que lo convocan a un viaje épico. Con su familia, doce compañeros españoles, veinte caciques y sus pueblos, forma una caravana que atravesará montañas y barrancos en busca del Ojo de Agua de Santa Lucía, la fuente más abundante del reino. Novela en prosa poética donde la historia colonial se entrelaza con lo mítico: las Nubes, el Agua, el Cerro de la Silla cobran vida de personajes.
En Saltillo, Diego de Montemayor aguarda. Sus espaldas llevan muñones que rezuman pus, marcadas por la violencia fronteriza. Junto a su hija Estefanía y sus nietos, contempla la lluvia mientras ángeles y demonios custodian los umbrales invisibles.
Llega la comisión: doce guerreros indígenas. Guachichiles rayados de azul, tepehuanes, quiniguas, pomaliques. Luego, veinte caciques con sus familias. La convocatoria es clara: viaje al Valle de Extremadura, donde brotan los Ojos de Agua de Santa Lucía, las más abundantes del reino.
Diego reúne a sus doce compañeros españoles: Diego Díaz de Berlanga, Juan Pérez de los Ríos, Alonso de Barreda, Lucas García y otros. Cada uno trae su familia, sirvientes, esclavos negros y mulatos. Vienen también sacerdotes: don Baldo Cortés y frailes misioneros.
La caravana es un universo móvil: carretas de gigantescas ruedas, cargadas de granos, ganado, herramientas, armas. Cientos de personas. El prieto Domingo Manuel. La bruja Agustina de Charles González.
Parten de Saltillo despertados por el Abuelo Viento, fuerza antigua que moja su dedo en el Ojo de Agua lejano.
El viaje es descenso a geografías místicas. Cruzan encinales, descienden barrancos, pasan por La Rinconada y el Puesto de los Muertos. Pelones nómadas los acechan con flechas. Los pies sangran.
Lo extraordinario: la naturaleza es personaje vivo. Las Nubes tienen panzas y labios. El Agua tiene cuerpo. Las Piedras tienen ojos. El Cerro de la Silla se transforma en Monarca de piedra que vela el campamento, un rey cuya sangre emana en lluvia que forma arcoírises coloridos. Su Llanto Tibia baña la caravana.
La prosa oscila entre lo documental —nombres reales, genealogías precisas— y lo mitológico, entre registro histórico y visión chamánica. Disuelve los límites entre lo sucedido y lo soñado.
Tras jornadas de ardor, frío, hambre y conflicto, la caravana llega al Valle de Extremadura. Resplandecen los Ojos de Agua en un valle florido y apacible, con tierras fertilísimas y ríos claros. La búsqueda que comenzó donde llovía sobre muñones infectos termina en abundancia.
Epopeya del norte novohispano donde españoles e indígenas se encuentran en la fundación colonial, narrada con prosa que recupera la visión chamánica de la tierra. Lo real y lo onírico se vuelven indistinguibles.
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