Dos estatuas, dos continentes, dos maneras de descubrir: la del hacha vikinga de Leif Eríksson, que llegó y se fue, frente a la carta náutica de Cristóbal Colón, que llegó, contó lo que encontró y cambió el mundo.
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Dos estatuas, dos continentes, dos maneras de descubrir: la del hacha vikinga de Leif Eríksson, que llegó y se fue, frente a la carta náutica de Cristóbal Colón, que llegó, contó lo que encontró y cambió el mundo. Este libro narra la vida de un genovés obstinado que transformó una idea en realidad: la búsqueda de una ruta occidental a las Indias que lo llevó a descubrir un continente. De la negociación con reyes a la colonización de América, la historia de cómo un hombre y su proyecto redefinieron la historia de la humanidad.
En el corazón de Reikiavik se alza una estatua del vikingo Leif Eríksson empuñando un hacha de proporciones míticas, con la mirada perdida en un océano frío y misterioso. En Barcelona, otra estatua muestra a Cristóbal Colón señalando con precisión, sujetando pergaminos y cartas náuticas. Dos formas de llegar a tierras desconocidas: la del guerrero que busca saqueo, la del científico que busca comercio. Esta es la premisa desde la que arranca el relato de cómo un ambicioso genovés logró lo que los vikingos nunca contemplaron: no solo arribar a América, sino regresar y contar lo que había encontrado.
Nacido en Génova en 1451, Cristóbal Colón aprendió los secretos de la navegación en el Mediterráneo desde los catorce años. Su vida lo llevó desde las costas de Guinea hasta las aguas islandesas, acumulando experiencia y contactos que moldearon su convicción de que era posible alcanzar Oriente navegando hacia el oeste. En Lisboa, su matrimonio con Felipa Moniz de Perestrelo le abrió las puertas a mapas y conocimientos de navegantes experimentados. Allí, rodeado de historias de travesías imposibles y relatos de lugares remotos, maduró su proyecto obsesivo.
Pero conquistar a los reyes no fue tarea sencilla. Juan II de Portugal rechazó su propuesta en favor de la ruta por Levante, que prometía alcanzar las Indias rodeando África. Desengañado, Colón apostó por España, donde encontró una red de amigos influyentes: frailes de La Rábida, obispos y confesores reales, banqueros conversos. Durante años, su proyecto fue rechazado. No fue hasta enero de 1492, después de la caída de Granada, cuando los Reyes Católicos cambiaron de parecer.
Las Capitulaciones de Santa Fe le otorgaron todo: el título de Almirante perpetuo, la gobernación de territorios descubiertos, un diez por ciento de las fortunas halladas. El 3 de agosto de 1492, con la Pinta, la Niña y la Santa María, Colón zarpó hacia lo desconocido. Treinta y tres días después, a las dos de la madrugada, alguien gritó «¡Tierra a la vista!». Habían llegado a Guanahaní. El mundo no volvería a ser el mismo. Tres viajes más lo llevarían a descubrir las Antillas y tocar tierra firme en Venezuela, pero también a enfrentar rebeliones de colonos, la hostilidad de los indígenas y la desconfianza de la Corte. Para 1500 fue detenido y remitido a la Península como prisionero, condenado a luchar legalmente por recuperar los honores que creía merecer.