Sonny y los Thunderbirds ocupan la esquina de su barrio la última noche de verano, sumidos en la melancolía del fin de era. Kenickie fuma apartado, Doody se hunde en desesperación, Roger espera distraído.
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Sonny y los Thunderbirds ocupan la esquina de su barrio la última noche de verano, sumidos en la melancolía del fin de era. Kenickie fuma apartado, Doody se hunde en desesperación, Roger espera distraído. Cuando llega Rizzo, la audaz líder de las Pink Ladies, el ambiente se ilumina con sus besos y complicidad. Entre billar, máquinas tragaperras y juegos callejeros, estos adolescentes viven como si fuera el último aliento de la era del rock and roll, los tatuajes de cuero y la libertad que pronto cederán paso a las responsabilidades del mundo adulto.
En la última noche de verano, antes de que comience el nuevo curso, Sonny LaTierri narra cómo los chicos de los Thunderbirds permanecen en su esquina habitual del barrio, sumidos en una melancolía profunda. Kenickie, con sus tatuajes y su aire descolorido, fuma apartado; Doody, el más joven, se desmorona en las escaleras; Roger merodea cerca de la boca de agua sin ganas de nada. Solo Danny Zuko, el jefe genuino de la banda, se ausenta esa noche, refugiado en casa mientras ayuda a su padre en el almacén. Pero Danny siempre vuelve, porque los chicos lo necesitan.
Los Thunderbirds no son simplemente una pandilla: son guardianes de una subcultura que muere lentamente. Se visten con cuero, llevan peinados engominados, hablan su propia jerga. Su mundo gira en torno a las esquinas del barrio, donde establecen sus fronteras territoriales y donde pasan horas jugando, fumando, contando historias. La música es su religión: Elvis, Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, los Drifters, los Coasters. La música los entiende, explica sus sueños y sus amores imposibles, mantiene viva su alma.
Cuando llega Rizzo, la carismática líder de las Pink Ladies, el ambiente cambia. Rizzo es el complemento perfecto: morena y atrevida, con sus labios sensuales, su chicle interminable y su chaqueta de satén de las Pink Ladies. Ella les devuelve algo de alegría con sus besos y su complicidad. Las Pink Ladies son sus contrapartes femeninas, reunidas en el Palacio Escarchado, ese restaurante de neón blanco y rosa que parece sacado de una pesadilla glacial.
La novela es un retrato detallado de cómo estos adolescentes de los años cincuenta viven su último verano de libertad antes de que lleguen el trabajo y las responsabilidades. Entre máquinas tragaperras, partidas de billar, juegos callejeros creativos y bromas, hallan formas de pasar el tiempo. Algunos tienen automovilismo en la cabeza, como Bobby Barrels, quien no para de hablar de coches aunque no posea uno. Otros buscan simplemente pertenecer a algo, a alguien.
Lo que hace especial a esta obra es su capacidad de capturar la jerga vívida, los primeros amores y los enfrentamientos de una generación completa con la realidad. Es el último baile de una subcultura juvenil que desaparecerá con la llegada de la edad adulta. Sonny lo explica desde el principio: en los años cincuenta, sin la música, no pasaba nada realmente importante. Pero eso es precisamente el punto. Esta es la historia de lo que sucede cuando, aparentemente, no pasa nada: es la historia de cómo los jóvenes viven su vida cuando no hay nada que hacer, de cómo crean significado en la rutina.
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