Daniela y su hijo pequeño contemplan el teléfono, donde ella le cuenta la historia de Andy, su padre, un americano texano que conoció hace once años en Marbella.
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Daniela y su hijo pequeño contemplan el teléfono, donde ella le cuenta la historia de Andy, su padre, un americano texano que conoció hace once años en Marbella. Ahora, convertida en una mujer trabajadora que heredó el negocio de sus tíos en el pueblo de Jaén, Daniela tiene una misión: buscar a Andy en Abilene y ofrecerle a su hijo la oportunidad de conocer a su padre. Con una fortuna acumulada y el valor de quien dejó atrás una vida de privilegios para construir una historia propia, se dispone a cruzar el Atlántico hacia Texas.
Hace once años, Daniela Martínez, una joven de dieciocho años de Marbella, vivía protegida en el seno de una familia acomodada: su padre era abogado, su madre médica, y su infancia transcurrió entre colegios privados bilingües y cursos de verano en Londres. Pero ese último verano antes de la universidad, todo cambió cuando conoció a Andy White, un estudiante americano de Texas que llegó a Marbella de vacaciones con sus amigos. Entre veinte días de paseos por la playa, besos robados y cuerpos adolescentes descubriendo el primer amor, Daniela perdió su inocencia y quedó embarazada. El mismo mes en que debería empezar la universidad, sus padres le anunciaron su divorcio. Daniela eligió la honestidad y la responsabilidad: con apenas dieciocho años, rechazó el aborto y la adopción, decidida a ser madre. Su tía Ángeles, madrina y única hermana de su padre, la acogió en el pueblo de Porcuna, Jaén, donde vivía con su marido Pedro y donde tenían una clínica veterinaria y un pequeño rodeo de caballos. Lo que siguió fue una transformación radical. La chica pija de Marbella se convirtió en estudiante de veterinaria, compaginando carrera, maternidad y trabajo mientras su compañera de piso Marina se convertía en hermana. Sus padres, separados pero unidos en apoyo económico, pagaron la universidad y la guardería. Cuando Daniela completó su máster a los veintitrés años, su hijo cumplía cuatro, y la vida en el pueblo se hizo tan sólida que decidió quedarse. Pero a los cincuenta y ocho años, su tío Pedro murió de repente. Daniela, apenas veinticuatro años, se convirtió en empresaria de facto: gestionaba la clínica, supervisaba los caballos, cuidaba a su tía enferma de Parkinson y criaba a su hijo, todo a la vez durante casi cinco años. Cuando su tía murió, cuando su hijo cumplió diez años, cuando Daniela alcanzó los veintinueve, algo se rompió y se recompuso dentro de ella. El testamento le dejó todo: dinero, negocio, responsabilidad. Vendió la empresa, acumuló una fortuna de casi un millón trescientos mil euros, y supo que era hora de cambiar de aires. Su hijo no dejaba de preguntar por su padre, aquel americano de Texas. Ahora, con pasaportes en mano y billete en primera clase reservado, Daniela se dispone a cruzar el Atlántico rumbo a Abilene. Lleva a su hijo y la determinación de quien sacrificó años de juventud para ser madre a los dieciocho. En Texas la espera Andy, quizá ignorante de cómo una chica de Marbella se convirtió en una mujer de acero forjada en Andalucía.
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