Un viajero adulto rememora sus vacaciones escolares, siempre junto a su tío Spencer en la región belga de Longres. Cada verano, el encuentro en el puerto de Ostende se repetía con rituales precisos: la impaciencia del tío agitando su…
Descargar
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.
Un viajero adulto rememora sus vacaciones escolares, siempre junto a su tío Spencer en la región belga de Longres. Cada verano, el encuentro en el puerto de Ostende se repetía con rituales precisos: la impaciencia del tío agitando su pañuelo multicolor, la carrera hacia Aduanas, y el viaje en tren a Bruselas con un detalle insustituible: una generosa bolsa de quisquillas para comer. A través de estas escenas, el narrador explora cómo un personaje excéntrico, apasionado pero intelectualmente caótico, marcó sus creencias más profundas, sembrando opiniones que perviven sin que él sea consciente de ellas.
El narrador recuerda sus vacaciones escolares, todas vividas junto a su tío Spencer en Bélgica. Desde el encuentro en el puerto de Ostende hasta el viaje en tren hacia Bruselas, cada verano se repetía con ritual preciso. El tío era un hombre pequeño, impaciente, de movimientos ágiles y ojos brillantísimos que refulgían en profundas cuencas. En aduanas su impaciencia lo atormentaba, pero una vez en el tren hacia Bruselas, su temperamento se transformaba. Sacaba invariablemente un kilo de quisquillas frescas. Mientras devoraban aquellos camarones rosados cruzando las llanuras flamencas bordeadas de álamos, el tío aseguraba que no había nada mejor para un cerebro cansado: era el fósforo que contenían. Aquella creencia, plantada en la mente infantil del narrador, perduró como verdad incuestionable.
La obra reflexiona sobre cómo heredamos creencias invisibles de personas admiradas. El tío Spencer poseía una mente extraordinariamente dinámica pero totalmente indisciplinada, saltando entre Historia, Ciencia, Filosofía, Religión y Arte sin metodología. Llevaba dentro el optimismo decimonónico, la fe ingenua en el progreso. Pero sus conocimientos eran sistemáticamente erróneos: afirmaba que cipreses de Lombardía fueron plantados por Julio César, que la raza humana descendía de pigmeos, que Adán era negro y medía cuatro pies. Era homeópata fervoroso, proclamaba autoridades anticuadas, teorías fabulosas sobre la imposibilidad matemática de la guerra moderna. Carecía de acceso al pensamiento contemporáneo, ignoraba los métodos del conocimiento sistemático. Su mente era hermana de la de aquellos oradores callejeros de Marble Arch: apasionados por la sabiduría pero persiguiendo fuentes fenecidas.
Sin embargo, Spencer marcó profundamente al narrador. Durante años, sus opiniones fueron las propias creencias heredadas. Aquello que creía por razón propia le parecía endeble frente a la convicción del tío. Como adulto, lucha por identificar y extirpar esas creencias injertadas, labor larga y dolorosa. Pero sospecha nunca logrará liberarse completamente. El duende fulguroso e inconsciente de su tío habitará las cámaras de su mente, dictando juicios, coloreando su percepción del mundo de un modo que nunca podrá ser plenamente suyo.