Ester, abogada, deja cuatro mensajes desesperados. Giulio, el hombre que ama, no responde: ha sufrido un grave accidente de tráfico. Hospitalizado, sin poder hablar, se comunica a través de un enfermero compasivo.
Descargar
Ester, abogada, deja cuatro mensajes desesperados. Giulio, el hombre que ama, no responde: ha sufrido un grave accidente de tráfico. Hospitalizado, sin poder hablar, se comunica a través de un enfermero compasivo. Pero hay algo más alarmante: descubre que su marido Stefano la está vigilando, apareciendo en los mismos lugares donde se ve con Giulio. Cartas clandestinas, secretos que amenazan con desmoronarse.
Ester es abogada. Tres veces a la semana se escapa a un pequeño apartamento en Borgo Pio, Roma, para verse con Giulio Davoli, un empresario de la construcción casado con Giuditta. Sus encuentros son una rutina cuidadosamente planeada: aparcan el coche en una callejuela paralela, ella deja las llaves con Carlo, un frutero amable que está medio enamorado de ella y que aparta el vehículo si es necesario.
Un día, Ester no consigue contactar con Giulio. Su móvil ha estado apagado desde la tarde anterior. Deja cuatro mensajes cada vez más angustiados, rogándole que la llame. Necesita hablar con él sobre un trabajo pendiente importante. El silencio es ensordecedor. Desesperada, finalmente se atreve a telefonear a la esposa de Giulio.
La razón del silencio la deja helada: Giulio tuvo un aparatoso accidente de tráfico. La noche pasada, poco después de la medianoche, su Panda fue embestido por otro vehículo en la vía Aurelia, a la altura del kilómetro 123, y se precipitó por un barranco. Un buen samaritano, Anselmo Corradini, lo rescató y lo llevó al hospital. Giulio ingresa con traumatismo craneal grave, mandíbula fracturada, tres costillas rotas. No puede hablar. Está completamente incomunicado.
Ester debe ser invisible. No puede visitarlo, los médicos lo han prohibido. Su único contacto es Giacomo, un enfermero compasivo que actúa como mensajero clandestino: ella escribe cartas a mano, él las entrega cuando Giulio está solo. A cambio, Giulio le envía instrucciones garabateadas. Es arriesgado, peligroso: si su marido descubriera estos mensajes…
Pero algo mucho más alarmante comienza a ocurrir. Carlo, el frutero, le cuenta que hace poco alguien fotografió la matrícula de su coche. Ester regresa a Borgo Pio. Al salir del portal, su corazón se detiene: reconoce el coche de Stefano, su propio marido, estacionado frente al edificio. No en el sitio habitual, sino más alejado, como si estuviera vigilando.
¿La está siguiendo? ¿Ha descubierto su affair? Ester intenta sondear a Stefano en la cena. Sus respuestas son evasivas, su tono tenso e inusual. Afirma haber ido a Borgo Pio para un cliente, sobre una construcción abusiva. Pero sus explicaciones no convencen. Esa misma noche busca sexo con violencia y urgencia completamente inusuales, fuera del calendario que habitualmente respeta.
¿Quién es realmente el hombre con el que Ester está casada? ¿Qué conexión existe entre la presencia de Stefano en Borgo Pio y el accidente de Giulio?