Sofonisba Anguissola, joven pintora de Cremona, recibe la aprobación de Miguel Ángel por su dibujo de un niño llorando. Pero la historia comienza antes, en una familia noble sin fortuna donde la cultura es el único patrimonio.
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Sofonisba Anguissola, joven pintora de Cremona, recibe la aprobación de Miguel Ángel por su dibujo de un niño llorando. Pero la historia comienza antes, en una familia noble sin fortuna donde la cultura es el único patrimonio. Bajo la tutela de maestros como Bernardino Campi, Sofonisba descubre el arte de la pintura y se convierte en retratista de personajes influyentes, desafiando los límites que su época impone a las mujeres. La obra entrelaza esta biografía renacentista con reflexiones sobre el confinamiento de 2020, creando un diálogo entre dos épocas de aislamiento.
Sofonisba Anguissola vive un momento de triunfo cuando su padre le muestra una carta del maestro Miguel Ángel elogiando su dibujo de un niño llorando. Ese dibujo surgió de un momento cotidiano: mientras realizaba un retrato de su tía Laura, su primo fue mordido por un cangrejo contenido en una cesta, y el dolor del pequeño inspiró la composición que Miguel Ángel habría de reconocer. A los veinte años, esta joven artista ya goza de una reputación que trasciende los círculos locales.
La narración retrocede para revelar los orígenes de este talento. Sofonisba crece en el seno de una familia de la nobleza modesta de Cremona, donde la cultura es el valor supremo. Su padre Amílcar, hombre culto y bien relacionado, decide que sus hijas reciban formación integral: música, danza, latín, francés, literatura. Pero el talento innato de Sofonisba para el dibujo determina su destino.
A los once años, un simple dibujo de Bebo, el mastín de la casa durmiendo bajo el abeto del patio, convence a su padre de que merece maestros profesionales. Contra toda convención, coloca a sus hijas bajo la dirección de Bernardino Campi, un retratista de renombre.
Durante tres años, ambas hermanas avanzan bajo enseñanza rigurosa. Aprenden los secretos de la preparación de lienzos, los pigmentos que viajan desde tierras lejanas, las técnicas de perspectiva y claroscuro. El primer trabajo de Sofonisba es el retrato de su hermana Elena. Luego llegan los rostros de influyentes personajes de Cremona y Mantua que permitirán a su padre expandir influencia social sin recursos económicos.
Cuando Campi es requerido en Milán, Amílcar insiste en que las hermanas continúen perfeccionándose con Bernardino Gatti. Elena, sin embargo, elige otra vocación: ingresar en un convento dominicano en Mantua como sor Minerva. Sofonisba la inmortaliza en un retrato donde captura la dulzura de quien fue su compañera en la aventura de la pintura.
Sofonisba entonces se dedica al retrato: pinta a la duquesa Margarita Paleóloga, al canónigo Ippolito Chizzola, a su hermana Lucía tocando la espineta. Realiza autorretratos donde aparece en el acto de pintar a la Virgen. Escritores ya la mencionan entre los insignes pintores de la época, llamándola «cumbre italiana».
La obra también incluye fragmentos fechados en abril de 2020, durante el primer confinamiento por la pandemia. Estas notas contrastan la soledad urbana de ese momento con la soledad de Cremona en el siglo XVI, tendiendo un hilo invisible entre dos épocas de aislamiento forzado.
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