En un restaurante de moda, Gaetano intenta rescatar lo que queda de una relación convertida en plomo. Delia, sentada frente a él con el bolso colgado, existe en otra parte.
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En un restaurante de moda, Gaetano intenta rescatar lo que queda de una relación convertida en plomo. Delia, sentada frente a él con el bolso colgado, existe en otra parte. Esta novela cuenta la lenta descomposición de un amor que prometía ser puro, la historia de dos personas rotas que creyeron poder salvarse mutuamente pero descubrieron que nadie se salva solo.
La novela abre con una cena que resume toda una década de desencanto. Gaetano, guionista y músico fracasado, se ha esforzado por reproducir el ritual de una pareja normal: eligió un restaurante alegre, se peinó, se puso una camisa nueva. Pero Delia llega con su bolso aún colgado, lista para escapar. Ya no come, apenas prueba el vino. Su delgadez preocupa: Gaetano teme que haya recaído en los viejos demonios, la anorexia de la que emergió cuando se conocieron.
Diez años atrás, se encontraron rotos de formas complementarias. Él era un instrumento de dolor disfrazado de misterio, tocaba la batería, andaba en busca de un ideal imposible. Ella acababa de salir de la enfermedad, llevaba libros bajo el brazo, olía a Occidente triste pero a Oriente esperanzado. Creyeron que unirse significaba rellenarse mutuamente los agujeros emocionales. Fue fácil al principio, extático: hacían el amor a distancia, con los pensamientos tan fuertes que eran brazos atravesando la ciudad. Se amaban como los místicos se funden en lo extracorpóreo.
Pero construyeron una familia sobre la ilusión. Los niños llegaron. El parque donde ella fuma porros de joven es ahora donde recoge papeles. Él devora jengibre en los restaurantes, un terrorismo silencioso contra ella. Los dos descubrieron que cambiar significa endurecerse, que el instinto muere joven transformándose en sospecha. Delia se pregunta por qué no se detuvo ante ese umbral. Pudo irse a Londres con su amiga Micol, convertirse en nutricionista, vivir una vida solitaria y egoísta. Gaetano pudo seguir tocando, tocando sin estudiar, avanzando por instinto puro. En cambio, decidieron quedarse juntos.
Ahora ella menciona Calcuta, luego Escocia. Viajes que nunca harán. Nueva Zelanda tampoco sucederá. Gae quiere reírse de los jueguecitos con los meñiques enlazados, los deseos estúpidos que no se cumplen. Pero la mira cenando, preocupada por el jengibre chino, y no dice nada. Porque si no fuera por los hijos, no estaría ahí. Y porque ambos saben ya lo que significa el gris, el negro que rehúyen pero que sigue allí, rodeándolos. El blanco ya solo pertenece a los niños, a sus cuellos cuando no se sienten bien, a las hojas en las que dibujan un futuro que sus padres no pueden imaginar.